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Domingo, 8 de diciembre de 2019

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Miércoles, 5 de Noviembre de 2014

El diseñador de alta bisutería Anton Heunis se incorpora a la Asociación Creadores de Moda de España ACME

Se trata de la segunda firma de complementos de la asociación. Con su incorporación, ACME llega los 50 diseñadores asociados a esta organización profesional, a la que pertenecen los creadores de moda más destacados del país.

El diseñador de alta bisutería Anton Heunis se incorpora a la Asociación Creadores de Moda de España ACME El diseñador de alta bisutería Anton Heunis se incorpora a la Asociación Creadores de Moda de España ACME

El diseñador de origen sudafricano se formó en Bellas Artes, y tras un periodo de aprendizaje en Alemania y Londres, en el que descubre su predilección por la joyería, realizó colaboraciones con grandes marcas como Roberto Cavalli y Emanuel Ungaro.

En 2004 Anton Heunis llega a España, donde funda su propia firma, dedicada a la creación de piezas de bisutería únicas y exclusivas elaboradas con cristales de Swarovski, piedras semipreciosas y vidrio vintage. La delicadeza con la que artesanos joyeros elaboran cada pieza otorga un carácter único a sus diseños, que se realizan íntegramente en su taller de Madrid. Un trabajo completamente manual que se convierte en la esencia de las creaciones de Anton Heunis.

La firma, que celebra su 10º aniversario, está presente en unos 500 establecimientos alrededor del mundo, entre los que se encuentran importantes puntos de venta como El Corte Inglés, Le Bon Marché, Tsum, Galleries Lafayette y Harvey Nichols.

Con la incorporación de Anton Heunis, ACME continua con su propósito de abrir la asociación a los creadores de complementos, una vía que se inició con la llegada de la diseñadora de joyas Helena Rohner, asociada desde 2011, y actual miembro de la junta directiva de la Asociación Creadores de Moda de España.

Anton Heunis, en primera persona:
Mi historia comienza en una pequeña ciudad de la región semidesértica del centro de Sudáfrica. Cada vez que iba a visitar a mi abuela, me quedaba fascinado con su tocador. Estaba atestado de preciosos cepillos esmaltados, joyas y objetos que yo ni siquiera sabía para qué servían. Solo sabía que ella iba siempre impecablemente vestida, con hermosos vestidos confeccionados a medida y el pelo perfectamente arreglado. Mientras que otros chicos de mi edad querían ser bomberos o policías, yo soñaba con ser diseñador de moda, una aspiración que no era precisamente la típica de un niño criado en el interior de la conservadora Sudáfrica. Pero tuve la gran suerte de contar con unos padres amorosos que me apoyaban en todo lo que hacía. Cuando cumplí nueve años, mi madre contrató a un estudiante de diseño de moda que venía a casa a enseñarme ilustración de moda. Eso fue allá por 1985, la época dorada de las hombreras; a partir de ese momento, todas las mujeres de mis figurines empezaron a parecerse a «supermanes» travestidos. Afortunadamente, esa etapa pasó.

Más o menos por aquella misma época conocí a mis mentores de infancia. Peter era un reconocido director artístico y fotógrafo, y Annetta, diseñadora textil y mujer renacentista a partes iguales. Después de vivir en todos los rincones del planeta, recalaron en Colesberg, la pequeña ciudad en la que me crié. Había visto algunas obras de Annetta en una exposición suya en la biblioteca municipal, y había intentado hablar con ella en mi inglés chapurreado (mi lengua materna era el afrikáans). Congeniamos de inmediato y, desde aquel entonces, empecé a ir a su casa todos los sábados. Allí, ella y Peter me enseñaron todo lo que un niño creativo y curioso podía soñar con aprender. Su ayuda fue esencial en el desarrollo de mi personalidad creativa.

Tras considerar la posibilidad de estudiar moda, danza, teatro e incluso —durante un breve periodo— farmacia (como mi padre), me decidí por las bellas artes y me especialicé en diseño de joyas. Elegí la Universidad de Stellenbosch, una hermosa ciudad de pequeño tamaño enclavada en la región vinícola de Sudáfrica. Allí recibí una formación artística exhaustiva bajo la experta orientación de Errico Cassar, que se había formado en Alemania y en Italia. Asistí a clases de gemología, metalurgia, escultura, dibujo, fotografía, cerámica y grabado. Con la joyería, supe que había encontrado mi vocación.

Después de licenciarme, tuve la gran suerte de recibir una beca para hacer un máster en la Academia de Bellas Artes de Múnich. El jefe del departamento, Otto Kuenzli, era el enfant terrible del mundo de la joyería artística. Yo estaba encantado de vivir en Europa, rodeado de tanta grandeza e historia. Mi acercamiento al diseño era muy experimental y trabajaba con cualquier material que cayera en mis manos.

Uno de los hechos que más influyeron en mi carrera creativa se produjo durante una visita a una exposición de joyería contemporánea. Entre los asistentes, había una señora muy histriónica que llevaba un broche enorme en la pechera; tan enorme, que parecía un ladrillo. Pese a que la pieza era bastante interesante y habría lucido muy bien en la vitrina de un museo, a ella le daba un aire ridículo. Fue entonces cuando me di cuenta de que no solo deseaba crear piezas de joyería que fuesen objetos bellos per se, sino que también quería que mis joyas celebrasen y realzasen la belleza y la feminidad de quienes las llevaran.

Tras pasar un periodo lo suficientemente largo en Alemania como para aprender a hablar alemán con soltura y conocer a mi futura alma gemela, Londres se interpuso en mi camino. Después de tanto tiempo en el mundo del arte conceptual, me pudo la curiosidad por la industria de la moda, con la que había soñado desde niño. Londres me brindó una oportunidad asombrosa, y tuve el privilegio de realizar algunas colaboraciones prominentes con firmas como Roberto Cavalli y Emanuel  Ungaro.

Fue entonces cuando descubrí la increíble variedad de las piedras Swarovski. Como buen gemólogo, siempre me ha atraído el color de las piedras preciosas, pero mi acceso a ellas se había visto limitado por el coste y la rareza de las más exquisitas. De repente, se abría ante mí todo un nuevo mundo de posibilidades. Los cristales Swarovski, de una calidad asombrosa y con una amplísima variedad de cortes y una paleta de colores caleidoscópica, me ofrecían la posibilidad de utilizar casi cualquier color imaginable para crear piezas hermosas, hasta el punto de que fuerte presencia del color se ha convertido en un aspecto esencial de mi marca.

Un año y medio después, seguí los dictados de mi corazón y me mudé a Madrid. Allí fue donde decidí que por fin había llegado el momento de arriesgarme y de crear mi propia marca. Mi marido Mirko y yo creamos juntos la marca que lleva mi nombre. Mirko, con formación empresarial y un sentido del refinamiento asombroso, es el socio perfecto. Tenemos enfoques muy distintos, pero ahí es precisamente donde reside nuestra fuerza.

Fundamos nuestra empresa en 2004. Los comienzos fueron increíblemente difíciles, especialmente porque aún no podía comunicarme en la lengua de mi país de adopción, y en España no tenía contactos ni personales ni profesionales. Fue lo que se dice un comienzo desde cero. Y en español. Empecé vendiendo mi colección en tiendas, puerta a puerta, hasta que reuní el dinero suficiente para asistir a una feria. En septiembre de ese año, presenté mi primera colección en la London Fashion Week, y la acogida, tanto por parte de la prensa como de los compradores, fue estupenda.

Mientras aprendía el idioma y profundizaba en la cultura española, también adopté el estilo de vida del país. En su patrimonio cultural y en su iconografía encontré una fuente de inspiración inagotable que ha impregnado la estética de mis diseños. Me fascinaron desde el primer momento los elaborados trajes de luces de los toreros, esos trajes bordados a mano durante meses. Soñaba con poseer una de estas obras de arte desde que llegué a España, y el año pasado tuve la fortuna de ver cumplido mi sueño. Mi chaquetilla bordada a mano ocupa un lugar privilegiado en mi despacho. Está confeccionada con un tejido de damasco escarlata de rica textura, y amorosamente bordada con miles de lentejuelas e hilo de oro. Nunca me la pondré para torear, pero siempre será para mí un motivo de asombro e inspiración.

Una de mis mayores fuentes de inspiración es el cine. Mi fascinación por todo lo vintage me suele llevar a inspirarme en los clásicos cinematográficos y en sus glamurosas estrellas, aunque he de confesar que una vez diseñé toda una colección basándome en un bonito par de pendientes que le había visto a una elegante señora mayor en el metro. ¡La inspiración está donde menos te lo esperas!

Alguna que otra vez hago bocetos, pero, en la mayoría de los casos, diseño trabajando directamente con el material. Me encanta estar rodeado de cientos de cristales Swarovski centelleantes, accesorios de filigrana, gemas vintage y hermosas piedras semipreciosas, esparcidos a mi alrededor como si fuesen las piezas brillantes de un puzle. Mi caos creativo me permite encontrar cada elemento al instante. Lo que para la mayoría de las personas podría parecer un caos absoluto es una necesidad intrínseca de mi proceso creativo.

A medida que voy experimentando con distintos materiales y diferentes técnicas, voy dejando piezas sin acabar. Cientos de ellas. A veces retomo esas ideas inconclusas en otro momento. Varío la posición de las piedras, cambio los colores y los combino en multitud de constelaciones diferentes, y, de repente, surge una pieza de joyería que sé con certeza que será el centro de una colección nueva. Ese instante mágico es mi momento favorito. Después, el resto de las piezas de la colección encuentran su lugar de manera natural.

Siempre he pensado que las joyas son algo absolutamente personal. Objetos íntimos que llevamos cerca del cuerpo y que solemos recibir como regalo de un ser querido. Por eso sostengo que hay que crearlas con amor. Y creo que ese sentimiento está patente en cada una de nuestras piezas. Nos enorgullece enormemente que cada una de ellas esté hecha a mano por nuestro meticuloso y talentoso equipo de artesanos en nuestro maravilloso estudio del corazón del centro histórico de Madrid, el lugar donde se produce toda la magia.

El estudio Anton Heunis se encuentra ubicado en un elegante edificio del casco antiguo, con techos altos, ventanas de guillotina y elementos arquitectónicos de época. Está dividido en zonas dedicadas a cada fase del proceso de nuestra actividad. Su centro neurálgico es la sala en la que el equipo de artesanos se afana meticulosamente en crear a mano cada pieza.

Creo que uno de los elementos clave del éxito de la marca es que siempre he adorado a las mujeres, desde que era niño y me fascinaba el estilo impecable de mi abuela. Quiero que las mujeres que lleven mis collares se sientan imbuidas de belleza y de seguridad. Si lo logro, entonces la pieza habrá cumplido su misión. Cuando diseño, no tengo en mente a ningún tipo de mujer en particular. Me encantan las mujeres reales que llevan mis joyas con estilo y de una forma absolutamente personal. Diría que la «mujer Anton Heunis» es una mujer a quien le encanta la moda pero que no es esclava de ella; es audaz, aventurera y le gusta estar guapa.
 

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